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uestra mirada tiene siglos de educación, tiene ya unos ciertos parámetros de conducta que hemos seguido al pie de la letra durante años: Sabemos bien cómo mirar al otro – o mejor, sabemos cómo no mirarlo -, sabemos cómo mirarnos a nosotros mismos, sabemos cómo mirar una foto; sabemos cómo mirar una pintura.

 

 



De la Mano, acrílico sobre tela, 2007

El trabajo de Gloria Herazo subvierte, de manera consciente y deliberada, esa conducta de la mirada al transgredir también los cánones que han regido la representación de la figura humana en la pintura, medio artístico paradigmático por excelencia.  Desde los retratos de poder del Siglo XVI hasta las funciones fotográficas para plasmar la presencia de alguien en un plano bidimensional el retrato ha sido el lugar donde es posible fijar la mirada sobre el otro sin atisbo de vergüenza alguno, ha sido el lugar para encontrarse con la propia imagen, o ha sido el lugar donde nos enfrentamos a las coyunturas de una humanidad que reconocemos compartir.

 

Ahora bien, apelando al concepto de Walter Benjamín de aura, nos hacemos conscientes de que desde los primeros autorretratos de Rembrandt este género pictórico hizo enormes esfuerzos por plasmar toda la complejidad de un ser humano en una imagen, por captar aquello que es particular e irrepetible del sujeto retratado.  La fotografía expandió el alcance del retrato, y no resultan fortuitas las supersticiones de los primeros días del medio que suponían que dejarse tomar una fotografía significaba dejar una parte del alma en el papel.

 

Herazo apela, en primera instancia, a la fotografía en la configuración de su obra.  Nuestra mirada tiende a creerle a la fotografía, a asumir que representa una realidad objetiva sin sesgos o mediaciones.  Sin embargo, al traducir la fotografía al lienzo Herazo elimina sistemáticamente aquello que hasta ahora nos había permitido captar el aura de una persona en un retrato y encontrarnos con su fragilidad: el rostro.  De esta manera, la artista no sólo impide esas conductas ya convencionales de la mirada, sino que también nos obliga a alterar la manera como observamos al otro, desvía la atención hacia otros dejos del cuerpo que también evidencian esa aura y nos advierte que no sólo son los ojos la ventana del alma.

 

En una postura eminentemente crítica, Gloria Herazo configura un lenguaje pictórico en el que nos revela dinámicas sociales que tal vez no advertíamos por haber fijado nuestra mirada sobre el rostro durante tanto tiempo.  Sabemos ahora que el poder se inviste en el cuerpo, que sus hilos se manipulan con las manos, que la mujer ostenta su cuerpo como un instrumento, un trofeo o una carga, y que el niño no ha aprendido a revelar una identidad que todavía está en construcción en un cuerpo que aun no se ha convertido en ausencia.

 

Mientras nos enfrentemos a la presencia de otro ser humano, develar nuestra propia naturaleza se hace ineludible: el encuentro con el otro es, en última instancia, el encuentro con el yo.  Las pinturas de Gloria Herazo entonces no sólo nos obligan a buscar el aura escurridiza de personas que no conocemos y cuya ladina identidad se deshace; las pinturas de Herazo son un espejo que nos incita a indagar sobre la desconocida e igualmente elusiva identidad.

 

 

Paula Silva Díaz

MA Historia del Arte (Siglo XX)

Goldsmiths College – Universidad de Londres